Més sobre educació

Escuela-criba y estructura de clases

17/12/2012 19:15, The Economy Journal.com

Carlos Lerena Aleson. Catedrático de Sociología de la Universidad Complutense de Madrid y autor de Escuela, ideología y clases sociales en España

Cuando de enseñanza se trata, ya se sabe, el tono más adecuado es el de dignidad ofendida. Empezando por esa especie de tic que mecánicamente se nos dispara: igualdad de oportunidades ante la enseñanza.

Puede que resulte algo fuerte, pero es cierto: doscientos años después de la Revolución Francesa no se nos ocurre defender otros principios que los más o menos explícitos en la concepción jacobina de la Escuela ¿Y el socialismo? ¿Dónde están los socialistas? Porque, que se sepa, tampoco la izquierda -al menos la de campanillas- ha inventado nada: igualdad de acceso, a cada cual según sus capacidades, y como adobo, esa cosa tan inefable y cándida, y sobre todo confusa, de la Escuela liberadora. O sea la vertiente escolar del principio de la sociedad de iguales, y de la democratización y todo eso. Justo -en la letra y en la música- los ideales de la pequeña burguesía jacobina.

La única nota desafinada en este coro, mezcla de votos piadosos y de grandes gestos, resulta ser la de esa versión neo-romántica y antiintelectualista que nos viene servida desde el underground, esto es, desde las cavernas, y que es (perdón, así lo creo yo) expresión de fascismos inconfesables: “La cultura, esa mierda”, “¡Abajo los intelectuales! “, “Destruyamos la universidad”, y, en fin, otros parejos terrorismos. Como decía, de la misma madera del fascismo.

Contrastando con la incoherencia de nuestra izquierda, la pequeña burguesía jacobina sabía lo que quería decir. Combatía las jerarquías artificiales del nacimiento y del dinero, y defendía el establecimiento de la jerarquía tenida por natural y verdadera, a saber, la jerarquía del mérito escolar, del talento, del grado de instrucción. Que todos seamos iguales ante un sistema de enseñanza erigido en juez de la desigualdad entre los hombres. Sistema de enseñanza cuyo cometido sea el de dar a cada uno su merecido, escolar y socialmente. O sea como en el teatro de Calderón, pero ahora con un repartidor de papeles más inteligente, y eficaz: el aparato escolar.

Sin embargo, las sociedades divididas en clases encuentran las garantías ideológicas de su supervivencia precisamente en estos principios. Estos principios no son otros que la versión escolar y dulcificada de la práctica del capitán de empresa manchesteriano. Una escuela abierta para que cada cual pueda probar sus dotes intelectuales es el equivalente de un mercado abierto para que cada cual pueda probar su capacidad depredadora. Es precisamente a través de la puesta en práctica de la versión escolar de la lógica capitalista que las sociedades divididas en clases -o sea todas las que conocemos- se legitiman, se mantienen y se reproducen.

Consagración del orden capitalista

Sostenidos miméticamente por la izquierda de más bulla, los ideales jacobinos consagran dos pilares básicos del orden capitalista: el de la competencia, o lucha de todos contra todos, y el de la desigualdad social, vertebrada en un concreto sistema de clases. Precisamente de lo que menos se trata es de conseguir una sociedad igualitaria. Todo lo contrario, se lucha por una sociedad desigualitaria, pero justa (sic). Pero ¿qué ocurre cuando se ponen los alumnos a competir por esos salvoconductos y patentes de corso que dispensa la Escuela? Ocurre que el acceso a ésta está determinado por el origen social. Ocurre que la organización escolar dispone de tantos compartimentos como grupos sociales característicos existen en su entorno: centros, para pobres y centros para ricos, centros para alumnos con vocación de albañil y centros para alumnos con vocación de grandes accionistas. Ocurre que la división interna del aparato escolar constituye un espejo, un calco de la división de la sociedad en clases.

Todos los problemas de escolarización, de acceso, de diferenciación y jerarquización de centros, grados o especialidades, están atravesados por el problema de la clase social de origen del alumnado. Pero dejemos esto a un lado. ¿Qué pasa cuando se cierra la puerta del aula y se ponen los alumnos a estudiar, o sea a competir? Ocurre que nada de lo que sucede dentro de las aulas -curriculum, relación alumno/profesor, actitudes ante el estudio, horizonte social, calificaciones escolares, comportamiento académico, fracaso escolar-, nada, digo, es independiente de la clase social de origen. Y ocurre, sobre todo, que la cultura escolar es una cultura de y para las clases dominantes, y que los procedentes de clases trabajadoras tienen otra cultura que esa, otro lenguaje, otras categorías de pensamiento: proceden de un universo cultural distinto, contrapuesto.

En estas condiciones, la presencia de este alumnado en las clases constituye una invitación a que se desclasen, y, alternativamente, un ejercicio de sado-masoquismo: entran a la escuela como pobres, y salen de ella como pobres y, además, como tontos, esto es, no tienen vocación, no tienen aptitudes. Estos niños -la mayoría de los españoles- serán descalificados socialmente, y no de un modo grosero, o sea por ser pobres, sino ahora con guante blanco: porque no han estudiado, porque no valían para otra cosa. Bajo la ficción de la neutralidad el aparato escolar consigue individualizar el problema: estos alumnos han fracasado. Por lo demás, el resultado será considerado tanto más incuestionable cuanto mejor funcione la Escuela.

Legitimar las desigualdades

A todo lo largo de la carrera escolar, en eso consiste el cometido del sistema de enseñanza: desconocer (de derecho) las desigualdades sociales y legitimarlas (de hecho) por la vía de la conversión en desigualdades escolares. Existen suficientes materiales empíricos -incluso para la sociedad española- que testimonian que esa operación de trucaje ocurre en los diferentes grados de enseñanza.

Ofrezco al lector dos botones de muestra tomados de un libro en el que sobre todos estos problemas me despacho más a gusto que lo que puedo hacerlo aquí. Los principios jacobinos -a los que aparece sumada la izquierda, y no ya la española, sino la europea- constituyen la vertiente escolar de la política burguesa del enriqueceos y del sálvese quien pueda. Esta política consiste en utilizar el aparato escolar como vía de soluciones individuales al problema de la existencia de las clases sociales. El sistema de enseñanza se ha potenciado como instrumento de movilidad social controlada. Y está claro que la movilidad, mal llamada social, refuerza la legitimidad de la estructura de clases. Con todo, la cháchara sobre este tema insiste: la educación está en crisis, la Escuela ha muerto.

Dejémonos de tonterías. Para lo que realmente sirve, este sistema de enseñanza cumple eficazmente su papel: esa larga operación del examen, del registro, del chequeo-cacheo, del test, de la prueba y, en fin, del estampillado de títulos. Cada día va a tener más trabajo y cada día ese trabajo es más y más importante. Con el concurso de la izquierda, los ideales jacobinos se están lentamente cumpliendo: la trayectoria de los últimos doscientos años, aunque tan lenta, actualmente se está acelerando. Dígalo, si no, la LGE de 1970.

Ahora bien, la Escuela-criba es la misma que la Escuela-tapadera: la desigualdad social se traduce en desigualdad escolar; la ventaja económica, en ventaja académica. En suma: igualdad ante la enseñanza... para después seguir siendo desiguales. Sólo que ahora las desigualdades que antes podían ponerse en causa son ya legítimas, incuestionables.

Concluyendo, la Escuela que conocemos constituye una creación surgida en determinado momento del desarrollo de las sociedades divididas en clases -Europa: fines del siglo XII-. Esta Escuela fue teorizada, mucho antes, por Sócrates-Platón, y remozada ideológicamente por Kant-Rousseau, padre espiritual, éste último, de los más conspicuos peones de brega del movimiento pedagógico reformista. Los principios de funcionamiento del aparato escolar -en su estado puro: los principios jacobinos- son inseparables de una sociedad radicalmente competitiva y desigualitaria. Cuanto mejor se plasmen en la práctica estos principios, más cerca se estará de conseguir la legitimación y consagración de la actual estructura de clases.

Quienes quieren luchar contra la dominación de clase tendrían que pensar como mínimo, mientras dura la transición, y mucho más allá de la emulación de esos refugios-oasis que hacen las delicias de la cultura progre y que alimentan su narcisismo (del tipo del de Summerhill), en un sistema de enseñanza que no sea la traducción escolar (básicamente, examen y diploma) de la lógica de la competencia, de la diferenciación, de la desigualdad, de la jerarquía, de la división; en suma, que no sea la traducción escolar de la lógica capitalista.

Esta Escuela de transición, la nuestra, está, desde luego, por pensar y por hacer. En cuanto a la otra, la Escuela-criba, a ésa ya la conocemos y debería estar claro que no es la nuestra. Es la suya. Que la defiendan ellos.

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